Los post de Eva Tobalina Oraá

La desastrosa erupción del Vesubio en el 79 d.C., que sepultó las ciudades de Pompeya y Herculano, segando con ello miles de vidas, se ha convertido en un acontecimiento importante en nuestra memoria colectiva. Incontables personas acuden a visitar las ciudades destruidas por el volcán, al tiempo que cada año ven la luz libros, documentales, películas o series de televisión dedicados a aquellos oscuros días. Como última muestra de esta fascinación, se acaba de anunciar el próximo estreno de una nueva película dedicada al tema, dirigida por P. W. Anderson y titulada, elocuentemente, Pompeii.

Una de las cosas más interesantes de estos relatos es que muchos de ellos cuentan con una considerable fidelidad histórica, o, al menos, describen con exactitud los sucesos naturales de aquellas dos terribles jornadas del 24 y 25 de agosto. Esto se debe a que conocemos muy bien la erupción del Vesubio, no sólo por los restos arqueológicos, excavados con detalle desde hace siglos, sino también por el relato de los acontecimientos que nos hizo uno de los principales autores de la época altoimperial romana: Plinio, llamado “el Joven”, para distinguirlo de su tío homónimo, al que damos el apelativo de Plinio “el Viejo”, y que también fue un escritor destacado. En agosto del 79 d.C. Plinio “el Joven” se encontraba en la bahía de Nápoles acompañando precisamente a su tío, Plinio “el Viejo”, destinado en la región. El joven fue, por tanto, testigo directo de los acontecimientos de esos días, en los que se vio directamente involucrado su tío, Plinio “el Viejo”, y los describió con detalle en dos cartas enviadas a lo largo de los meses que siguieron a la erupción a un destacado miembro de la aristocracia romana.

G. Plinus Caecilius Secundus (23-79 d.C.), llamado Plinio “el Viejo”, además de un afamado estudioso, autor de la Naturalis Historiae, la primera enciclopedia de Historia Natural redactada en Roma, era un miembro del ordo ecuestre. Como tal, había ocupado puestos de cierta importancia en la administración romana, hasta que fue nombrado prefecto de la flota romana destinada en Misenum, en el extremo norte del Golfo de Nápoles. Según el relato de su sobrino, Plinio “el Joven”, que, como hemos dicho, estaba en la residencia de su tío, fue allí donde les sorprendió, a media tarde, la erupción del 24 de agosto del 79 d.C. A pesar de que la imponente fumarola que se elevaba del volcán invitaba más a huir que a acercarse, Plinio, impulsado por sus deberes como naturalista, decidió dirigirse con un bote al extremo sur del golfo. Además, justo en ese momento, llegó una nota de Rectina, esposa de su amigo Tascio Pomponiano. El matrimonio se encontraba en una villa justo bajo el Vesubio, y suplicaba a Plinio que acudiera a rescatarlos, pues, acorralados por la erupción, su única vía de escape era por barco. El comandante de la flota decidió entonces que otros también podían necesitar ayuda, y ordenó fletar unas cuatrirremes hasta Stabiae. A medida que se acercaban a la orilla, bajo la sombra del volcán, el cielo se iba oscureciendo, y el aire se volvía más y más denso. Al llegar a la orilla, Plinio encontró a su amigo Pomponiano, que había tratado de huir en sus propios botes, pero sin conseguirlo por el viento adverso que soplaba del mar hacia el interior. Impelido a quedarse en tierra por ese mismo viento, Plinio confortó a su amigo mostrando una cierta despreocupación, y le convenció para que se retiraran a su casa para descansar. Sin embargo, cuando llegó la noche, comenzó la segunda parte de la erupción, y empezaron a llover rocas y cenizas. Para Plinio “el Viejo” y su matrimonio amigo se hizo evidente que si se quedaban en la casa les aguardaba la muerte. Así que se dirigieron a la orilla, con las cabezas protegidas por almohadas, para tratar de escapar por mar. Desafortunadamente, el fuerte viento contrario seguía impidiendo fletar barco alguno. Mientras esperaban, angustiados, algún cambio, les sorprendió una nube de vapores sulfurosos, uno de los elementos más letales de la erupción de ese día. Comenzaron a respirar con dificultad, y, aunque trataron de aliviarse con agua, la mayoría perecieron ahogados de forma casi instantánea. Su sobrino, Plinio “el Joven”, que se había quedado en la residencia familiar de Miseno, cuenta que encontraron el cuerpo de su tío dos días después, tan plácidamente tumbado sobre la playa, que parecía que dormía. (Las dos cartas de Plinio “el Joven” que describen la erupción estaban dirigidas al historiador Tácito. Pueden leerse en Ep. VI, 16 y 20).




Eva Tobalina Oraá

Licenciada en Historia en la Universidad de Navarra y doctora en Historia Antigua por la misma universidad. Tras completar sus estudios de doctorado, ha realizado estancias de investigación en las universidades de Heidelberg y Bolonia, y ha impartido clase en las Universidades de Navarra y Valencia. Actualmente, entre otras cosas, imparte las asignaturas de Historia Antigua y Medieval de España y Arqueología en el grado de Humanidades de la UNIR.

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