Los post de Eva Tobalina Oraá

El año 390 a.C. la joven república romana se enfrentó a una de las peores crisis de su historia. Las tribus galas, asentadas en tan gran número en el valle del Po, que los romanos daban a esa región el calificativo de la “Galia Cisalpina” (la Galia de “este lado de los Alpes”, desde el punto de vista romano) habían comenzado a descender, años atrás, sobre las ricas ciudades etruscas buscando botín y riquezas. Los etruscos, en clara decadencia desde hacía al menos una centuria, fueron incapaces de presentar resistencia, y las tribus galas, encorajinadas, determinaron extender sus saqueos aún más al sur, hasta las prósperas tierras de Roma. Lideraba a los galos un caudillo terrible, llamado Breno, que pronto tendría ocasión de hacerse célebre por su extrema crueldad.

 

La noticia del avance de los galos llegó hasta Roma, y se resolvió enviar a un ejército que saliera al paso de los invasores. Sin embargo, la ciudad carecía de un caudillo militar a la altura de las circunstancias. Los tribunos que comandaban las legiones despreciaron inconscientemente el poder de las armas galas, y la batalla, que tuvo lugar junto al río Alia (un afluente del Tíber) acabó con una completa derrota para los romanos. Fue tal el desastre, que los soldados de la República, vencidos sin oponer apenas resistencia, abandonaron a la carrera su propio campamento. Cuando las noticias de la derrota llegaron a Roma, la ciudad se supo perdida. Sin un ejército que la defendiera, era cuestión de tiempo que los galos se apoderaran de sus siete colinas. Se tomaron entonces medidas desesperadas: los objetos sagrados fueron enviados lejos, al cuidado de las vírgenes vestales. Un notable romano cedió el carro en el que huían su propia esposa e hijos para que los símbolos de la ciudad pudieran ser puestos a salvo de la profanación de los bárbaros. Los ancianos y los enfermos, y todo aquel que estuviera demasiado débil para caminar, se quedarían en el llano del foro, a la espera de los invasores y de una muerte segura. Los viejos excónsules se sentaron en sus sillas curules, se vistieron con sus togas y así, impertérritos a la puerta de sus casas, esperaron a las espadas de los galos. El resto, las mujeres y los niños, los senadores más vigorosos y los jóvenes en edad militar, se retiraron a las colinas gemelas del Capitolio y el Arx (la ciudadela, donde hoy se encuentra la iglesia de Aracoeli). Aquel era el punto más alto y mejor fortificado de Roma, la morada del templo de Júpiter Óptimo Máximo y el lugar más sagrado de la Urbe. No habían terminado los preparativos cuando ya se oteó la columna de galos, avanzando por la orilla norte del Tíber. Los sitiados, refugiados en el Arx, escucharon primero el volumen creciente de los cánticos de los bárbaros, y contemplaron después, desesperados, las matanzas, los saqueos y los incendios en el valle del foro, a los pies de la colina. Una vez que los galos hubieron saqueado a su antojo los llanos de Roma, volvieron sus ojos a la colina del Capitolio y su gemela, el Arx, donde aguardaban su destino los romanos sitiados. Los primeros ataques, que los bárbaros realizaron sin máquinas de guerra y subiendo por una empinada colina, fueron rechazados fácilmente por los defensores. Así que los galos resolvieron atacar la colina del Arx amparándose en la noche y escalando en silencio una de sus caras. Pusieron tanto cuidado, que algunos asaltantes consiguieron llegar hasta la cima sin alertar a los guardias ni despertar a los perros. Sin embargo, había en ese lugar un templo dedicado a Juno, la esposa de Júpiter, en el que se custodiaban unas ocas sagradas consagradas a la divinidad. Cuando estos animales descubrieron a los galos, rompieron a graznar con tanto estrépito, que despertaron a los defensores y salvaron a la ciudadela del ataque .

En recuerdo de esta providencial intervención de sus animales sagrados, los romanos concedieron a la diosa Juno del Arx el calificativo de Juno Moneta, Juno “la que avisa” (del verbo admoneo, “advertir”, “prevenir”), y el templo de la ciudadela pasó a ser conocido, a partir de ese momento, como el templo de Juno Moneta. Da la casualidad de que la oficina de la ceca romana, se situó, unas décadas después, justo al lado del templo de Juno Moneta y de sus ocas sagradas. Y era tal la identificación de la oficina de la ceca con el templo junto al que se encontraba, que pronto, a las piezas de metal que se emitían como dinero corriente en ese lugar comenzó a conocérselas con el calificativo del templo de Juno, esto es, monetae. Del latín, el término ha pasado a la mayoría de las lenguas europeas, como al castellano: moneda, al francés monnaie, al italiano: moneta, e incluso al inglés: money y mint. Esa noche del año 390 a.C. las ocas sagradas no sólo salvaron Roma, sino que dieron origen a las que, probablemente, son las palabras más usadas, cada día, en todo el mundo.




Eva Tobalina Oraá

Licenciada en Historia en la Universidad de Navarra y doctora en Historia Antigua por la misma universidad. Tras completar sus estudios de doctorado, ha realizado estancias de investigación en las universidades de Heidelberg y Bolonia, y ha impartido clase en las Universidades de Navarra y Valencia. Actualmente, entre otras cosas, imparte las asignaturas de Historia Antigua y Medieval de España y Arqueología en el grado de Humanidades de la UNIR.

Conoce nuestra Oferta Académica




Powered by ChronoForms - ChronoEngine.com

Más post del autor

© UNIR - Universidad Internacional de La Rioja 2014